Una joven, en una habitación bien amueblada, de colores lujosos. Parecía estar escribiendo un libro, pero frente a la ventana había un árbol que impedía ver con claridad. A medida que iba escribiendo, su boca se articulaba, como si estuviese diciendo para sí lo que escribía. Una lágrima cayó por su mejilla, y aunque el árbol impedía verlo, estoy seguro de que esa gota de tristeza se estrelló contra las páginas de su libro, dejando una mancha de tinta imborrable. Entonces, ella refugió su cabeza entre sus brazos, y por los temblores de sus hombros podía adivinar que estaba sollozando. ¿Por qué estaba triste? Quería averiguarlo. Pero el árbol impedía ver con claridad. Tras varios segundos, ella levantó la cabeza y alzó la vista hacia arriba, mirando al techo, o al cielo, o más allá incluso. Sus lágrimas eran ahora cascadas que empapaban sus mejillas. Parecía gritar algo a alguien allí arriba. Yo no podía escuchar nada. La lluvia golpeaba con fuerza, y causaba un estruendo ensordecedor que me impedía saber qué gritaba.
Tras aquella noche, no había vuelto a verla. Caminaba ahora por el campo, sin dirección alguna, meditando en todo aquello. No había nada a la vista, todo era un llano desierto de hierba al sol, salpicado por algún árbol cada muchas millas. El sol me cegaba. No podía mirar a otro lado más que a mis pies sin que mis ojos llorasen. Intenté mirar el horizonte para comprobar qué me deparaba el camino. Y allí, al fondo, pude distinguir la silueta de una mujer. Estaba sentada. Sus delicadas manos acariciaban las teclas de un maravilloso piano de cola. El viento, que soplaba con fuerza desde mi espalda, se llevaba todas aquellas notas melancólicas. Y con ellas volaban las lágrimas de la mujer. De nuevo, una de aquellas gotas de tristeza se estrelló contra una de las teclas del piano, provocando la nota más nostálgica que nunca sonó en mis oídos. Pero no pude oirla, porque se la llevó el viento. Entonces, la mujer extrajo de debajo de sus ropas un libro, y comenzó a escribir. ¿Qué estaría escribiendo? No podía saberlo, pues el sol cegaba mis ojos e impedía que mirase más allá de mis pies, y el viento se llevaba sus palabras a lugares recónditos, lugares en los que yo no estaba.
Yo estaba en mi habitación. Siempre tenía las ventanas cubiertas por unas cortinas que me gustaba admirar. Las colocaba siempre sin cerrarlas del todo, de manera que quedase una rendija por la que pudiese mirar hacia afuera. Estaba escribiendo sobre aquella mujer que me intrigaba cada vez más. No podía dejar de pensar en ella. Entonces, cuando miré hacia afuera, allí estaba ella, inmóvil bajo la lluvia, que parecía castigarla a ella más que a nadie. Pude ver cómo me miraba. Gritó hacia mi, pero no oía lo que decía. Una lágrima resbaló por mi mejilla, y se estrelló en mi libro, dejando una mancha de tinta imborrable. Pero yo no la vi. Sólo podía mirar hacia aquella mujer, que me gritaba sin decirme nada. Me levanté, y abrí las cortinas. Allí estaba, con un vestido blanco pegado al cuerpo. Le hice gesto de que no la oía, e intenté prestar mucha atención.
"...solo!"
Me desperté. Una frase resonaba en mi cabeza. "¡No estás solo!". ¿Qué querría decir? No descansaría hasta averiguarlo.
sábado 15 de agosto de 2009
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